Faringitis

La última vez que visité un médico fue en octubre del año pasado, desde entonces han pasado menos de tres meses y ya he vuelto a enfermarme. Claramente, esa no es de las estadísticas que te enorgulleces en contar, al menos no mientras tienes veintiséis.

En esa cita, el médico me dijo que tenía faringitis y me expidió una receta con la que al final de la semana conseguí estar mucho mejor. La sorprendente eficacia de la receta me hizo guardarla en mi billetera, junto a otros papeles "importantes" que yacen allí, olvidados desde hace algunos meses.
Unos días antes de finalizar el año, por una amable sugerencia de mi novia, tuve que seleccionar y dar de baja a la mayoría de papeluchos que poblaban mi billetera. Estoy seguro que la receta debía estar allí, pero mi memoria me ha traicionado una vez más y para los primeros días de enero, cuando los síntomas habían regresado, ese vacío milimétrico en mi billetera se hacía notar.

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Claramente, esa no es de las estadísticas que te enorgulleces en contar, al menos no mientras tienes veintiséis.
En una aceptación de su responsabilidad, mi memoria reconstruyó la receta con fragmentos de textos de mensajería instantánea. Y de parte mía, además de las medicinas, acepté unos brebajes de la abuela, dejé las comidas picantes, las bebidas heladas y empecé a considerar mejor la exposición al frío. A pesar de todo ese esfuerzo, de todos los síntomas solo ha quedado una tosecita, que hasta hoy, sabe manifestarse inoportuna. Felizmente siempre hay tiempo para lo que nos importa de verdad como, por ejemplo, para escribir una nueva entrada en el blog mientras esperas por tu cita médica. 

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